Puede que este artículo sea mal interpretado, así que por si acaso voy a aclarar una cosa. No me considero racista. Es más, no soy racista ya que de mis amigos tres son colombianos, tres polacos y una, egipcia, vamos, que somos la ONU. Sin embargo, me siento tentado a escribir este artículo sobre racismo porque hoy, mientras veía el partido entre Suráfrica e Iraq - un coñazo, por cierto- me he dado cuenta de un detalle que me ha tocado la moral.

Resulta que un central de la selección surafricana es blanco, mientras que el resto de sus compañeros son negros - o de color, para ser más políticamente correctos-. Y cada vez que el susodicho tocaba el balón, los surafricanos presentes en el estadio, muy educadamente, le pitaban hasta quedar sin aire. Y eso me jode. Y me jode porque luego ellos, en España o en cualquier otro país, cuando les hacemos algo que no les parece justo, lo asocian al racismo. Jódete y baila. O sea, que cuando a ellos les pasa algo, es por el racismo, pero lo que hacen ellos es algo completamente normal. Pues no me da la gana. Hasta aquí hemos llegado. El racismo es igual tanto hacia los negros como a los blancos y al aborígen de una isla en no se qué trópico.

Yo, a partir de ahora, cada vez que oiga que un negro diga que estamos siendo racistas pensaré que esa excusa se la puede meter por dónde le quepa, y que si no les gusta a ellos, que no se lo hagan a otros. Porque el racismo somos todos.